
El que se incrustaba el cielo en los ojos
para grabarlo a la salida de la mina y recordarlo allá abajo
a sólo metros del infierno
en la oscura galería que olía a deshogar y carencias infinitas
el cielo tal vez fue hecho sólo para aliviar sus ojos
para ese momento anhelado, único, de volver a casa
y abrazar la mujer, los hijos, y sin una palabra olfatear
el aroma reconocido del cilantro que hierve en la cazuela de barro.
Tirado en la cama otra vez duele la espalda y los huesos
pero aún más duele el silencio que contiene la pobreza
el hijo con la mirada escondida dentro de un libro de Neruda
y el frío que partía el vino de la noche. Y tanto para preguntar y un temor inevitable a las respuestas. Él seguiría bajando a los infiernos
pero su hijo, un día, partiría de allí, a otros cielos, otros mares,
a otra vida sin la muerte royendo las espaldas.
Tal vez regresar era sólo la posibilidad de volver mañana y otra vez
con sus herramientas al quebrar la roca a oscuras, recordar
que afuera, allá, arriba,
allá adonde el aire se respira diferente
hay gente que no tiene que bajar a jugar con la muerte
gente que ni siquiera mira el cielo porque ya saben que estará ahí,
no como él que debe comprobarlo y agradecerlo día a día
con sus ojos de penumbra y su miedo a no volver a casa.
Y seguir hasta el día temido,
el día de los soles apagados
tal vez el día final ó tal vez sólo un derrumbe,
y presumir que es la tercera generación enterrada ahí
en una mina indiferente a su dolor
a su necesidad y a la quebradura de los sueños.
Recién entonces, exhausto de agobios
sin grito ni llanto
se echará a descansar
y sobre la tierra húmeda con fuerza apretará los ojos
recuperando para siempre todo el cielo de allá afuera.
DIANA POBLET